O TFD por sus siglas; también llamado Trastorno de Diagnóstico Ubicuo. Es una nueva propuesta de categoría diagnóstica para el DSM-V con el objetivo de rizar el rizo y hacernos indispensables para la vida humana tal y como la conocemos.
Criterios diagnósticos: las personas afectadas por este trastorno de personalidad sufren de una urgencia incontrolable que les lleva a diagnosticar cualquier aspecto mínimamente incómodo, dificultoso, desagradable o que en suma se desvíe de una concepción idealizada y waltdisneizada de la vida (síndrome postvacacional, trastorno de infelicidad indiferenciada); otra variante implica diagnosticar dificultades o conflictos concretos como si poseyeran una Entidad Propia (Síndrome de Alienación Parental-SAD) o correlacionar dos hechos (a veces meras suposiciones) y unirlos causalmente (crisis económica y consumo de cigarrillos/problemas de erección/epidemia de consultas a psicólogos).
La incidencia del Trastorno de Furor Diagnóstico es coherentemente mucho mayor en subgrupos profesionales específicos, entre los que destacan los periodistas con iniciativa, imaginación, y hora pronta de cierre del artículo, y especialmente profesionales de la salud mental con tendencia a la TV, radio y prensa escrita (papel o digital). Así como en los primeros se presupone un factor etiológico en la existencia de huecos por rellenar en sus artículos y en la creencia extendida en el gremio de que la realidad no debería estropear una buena noticia, en los segundos se ha relacionado el TFD (según estudios preliminares cuyos datos proceden de careos improvisados entre los propios afectados en descansos de tertulias ñoñas) con rasgos narcisitas, vacío emocional en ausencia de apariciones en los medios, e intolerancia al silencio discreto y prudente. Los estudios neurofisiológicos indican también de forma preliminar tendencia a hipoactividad frontal bilateral, así como hiperactivación dopaminérgica difusa.
Una categoría frecuentemente comórbida pero que ha de ser señalada para su diagnóstico diferencial y que ha hecho su aparición con particular virulencia de un tiempo a esta parte (ayudado por la difusión espectacular de los medios de comunicación en los últimos 50 años) es el Trastorno de Diagnóstico Remoto, descrito de forma impecable por S. Pavlina y del que extraemos traducidas las siguientes notas:
Las personas afectadas por este trastorno de personalidad sufren de una urgencia incontrolable de diagnosticar individuos como afectados de uno o más trastornos psicológicos, específicamente individuos con los que la persona con TDR tiene poca o niguna interacción. Los afectos de TDR con frecuencia diagnostican trastornos mentales específicos e incluso pueden llegar al punto de ofrecer sugerencias de tratamiento. En vez de llevar a cabo un examen psicológico formal en el que se incluyan una evaluación verbal o cara a cara semiestructurada, las personas que padecen TDR producen diagnósticos sobre la marcha a partir de interacciones personales muy breves, opiniones de terceras personas, interacción asincrónica y/o indirecta (email), cartas al psicólogo en revistillas de medio pelo, y las neuroasociaciones imaginarias que ellos mismos crean para la gente que diagnostican. Los afectos por TDR premanecen fuertemente convencidos de que sus diagnósticos son precisos. Un efecto secundario habitual y comprensible es la tendencia a evitar a los que ellos mismos han diagnosticado, no fuera o fuese que la realidad les suministrara datos contrarios a sus categorizaciones. El TDR se acompaña frecuentemente de uno o más de los siguientes síntomas: ira, depresión, disforia episódica, ansiedad, adicción a Internet, abuso de sustancias, inestabilidad en relaciones personales, miedo al abandono, autoimagen inestable, disociación grave, y trastornos alimentarios. Puesto que es un trastorno de la proyección, hacer una lista en terapia de los diagnósticos que más frecuentemente producen estos sujetos es un buen punto de partida para abordarlos. Otra vía es ofrecerles las mismas sugerencias de tratamiento que ellos han sugerido a otros anteriormente. Finalmente, se pueden ampliar los recursos terapéuticos para el TDR en Understanding Human Relationships (Comprendiendo las Relaciones Humanas) and People and Subjective Reality (Las Personas y la Realidad Subjetiva).
Finalmente señalar que si Britney Spears se ha convertido en icono fetichista supremo para las personas afectadas de TDR en el ámbito usamericano, en España este fetichismo está más disperso entre la propia Britney y figuras nacionales como Andrés Pajares.
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