16 de junio de 2011

®: a peor la mejoría

* Disclaimer: ante la pregunta de clientes/pacientes sobre qué terapia hago, y ya que asumo que no han de navegar por este proceloso mar de confusiones, más o menos me defino en breve como a) "difícil pregunta" + b) "te resumo: un max-mix cognitivo-conductual, humanista-existencial, o sistémico-experiencial (según demanda, persona, objetivos, circunstancias)";pero acepto que se me está haciendo ya un trabalenguas que no sé si aclara algo a alguien, la verdad...

Dicen que a finales de los 80, la psicofarmacología recibió un impulso definitivo al estrellato a base de escuchar al prozac y similares: la conclusión fue que la inmensa mayoría del DSM se ha acabado suponiendo tratable via ISRS y primos. De ahí a la actual expansión a psicopatologizar la vida cotidiana, hay sólo un paso lógico para cualquier estudiante de marketing: si tienes el producto, crea la necesidad, y si puedes, universalízala.
Aparentemente, la psicología necesitaba ponerse a la par: formalizó, empaquetó y vendió la terapia cognitivo-conductual siguiendo caminos paralelos. La mercantilización en masa se impone como criterio más o menos evidente. Se dirá que si bien un laboratorio necesita vender sus moléculas patentadas, ¿qué necesidad hay de vender un tipo específico de psicoterapia? ¿por qué no vender simplemente psicoterapia?
La respuesta, una vez más, se recoge en la psicología del consumo de masas: el producto ya no se puede vender sin más, hay que dotarlo de un envoltorio agradable, fácil, simple, hay que macdonalizar la psicoterapia. No obstante, y ya que estamos expandiendo mercados, hay que microsoftearlo también (es decir: creemos un monopolio que centralice y gobierne toda nueva aportación, hagamos un trademark ® que se convierta en una etiqueta legitimadora por sí misma, creemos un mercado cautivo).
Puede parecer una divagación (lo es) conspiranoide (no lo es: creo que nace más de una autojustificación por ansiedad que de una manipulación en frío) granhermanoide (no lo es: al final la gente siempre es un poco más lista de lo que los mercados -o políticos, o programadores de tv- creen; miren si no las tasas de adhesión a antidepresivos o a terapeutas rígidos de protocolo). Pero esto es lo que me aparece en el coco cuando leo un artículo en al último Annual Review of Clinical Psychology (por cierto: qué difícil se pone conseguir passwords piratas, qué pesaos son con sus inútiles barreras de pago - ¿pagará alguien 32$ por un artículo de estos pavos? Definitivamente me quedo con los blogs). El mencionado se titula Open, Aware, and Active: Contextual Approaches as an Emerging Trend in the Behavioral and Cognitive Therapies, por Steven C. Hayes, M. Villatte, M. Levin, and M. Hildebrandt. Hayes es conocido por ser un teórico notable de la terapia de aceptación y compromiso. Estos señores (con un notable apoyo entre sus colegas) pretenden que cualquier nueva aproximación terapéutica (aunque consista en redescubrir América) con un mínimo (muy mínimo, a veces) de desarrollo teórico (¿especulativo, incluso?), un manual publicado, y un título con iniciales en mayúsculas, son derivaciones genuinas de la venerable terapia cognitivo-conductual, una especie de bastardos con cierto éxito, y deben ser reconocidos como productos del mismo Saber Germinal: Terapia Metacognitiva, Entrevista Motivacional, Activación Conductual, Psicoterapia Funcional Analítica, Terapia
Dialéctica-Conductual, Terapia de Aceptación y Compromiso, Terapia de la Mente Compasiva: todas son hijas del Señor. Es superfluo no conocer los componentes efectivos diferenciales entre estos hermanos. Es superfluo que se eleve un componente o una técnica al nivel de Terapia. Es superfluo que el mismo Hayes señalara hace años (2004) ciertas anomalías del componente cognitivo (parecía ser que lo cognitivo no era necesario en las terapias cognitivas, o que el cambio era previo a la introducción de los componentes cognitivos). Lo que cuenta es que todo vuelve al Tronco Madre, en un círculo endogámico en el que nadie parece querer tener voz propia (con sus propias dudas) o, peor aún, nadie se pregunta qué hay debajo de los nombres. Al final, es como ese rollo de fluoxetinas y fluvoxaminas y paroxetinas y como común denominador: "a usted le falta serotonina"; y todos a gusto. Personalmente me parece más sensata la aproximación de un tal Teanor en Clinical Psych Rev 31 (2011) 617-625: The potential impact of mindfulness on exposure and extinction learning in anxiety disorders: analítico, curioso, humilde, y más preocupado en entender cómo un componente terapéutico puede facilitar la extinción de las respuestas de ansiedad que en patentar (y vender) la sopa de cebolla.

Una última cosa: Hayes et al han decidido que como bautismo de esta nueva zarza ardiendo, podemos agrupar todas estas terapias bajo un nuevo nombre, la iglesia del futuro: Terapias Contextuales (¿no lo son todas?). En mayúsculas. No es que sea mala idea, pero ¿no sería mejor dejarlo en Terapias (" a secas", como defiende la excelente serie de Esteban Laso sobre el fin de las escuelas, muy recomendable) y no empeñarnos en registrar marcas, sino en comprender?.

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23 de mayo de 2011

Rabbit Hole

- ¿Se va alguna vez?
- No; no me lo parece. No para mí. Ya han pasado 11 años. Aunque cambia.
- ¿Cómo?
- No lo sé...Supongo que el peso. En cierto momento se vuelve soportable. Se transforma en algo que puedes envolver y... cargar contigo, como un ladrillo en un bolsillo. Y hasta te olvidas de eso por un rato, pero luego metes la mano por cualquier razón y...ahí está. Puede ser terrible, pero no todo el tiempo. Es como...no como algo que te agradara, pero es lo que tienes en lugar de tu hijo. Así que lo llevas contigo, y no desaparece, lo cual...
- ¿Qué?
- ...está bien, de hecho.
Rabbit Hole es una película de perfil íntimo y con cierto humor sobre la pérdida de un hijo, sobre el dolor insuperable, sobre caminos únicos e inciertos, sobre silencios y procesos, y eventualmente sobre seguir viviendo, que alcanza niveles de maestría desde su simplicidad indie y un registro actoral soberbio. Ni siquiera es triste, o un dramón: es real, humana, conectada, y creo que muy terapéutica (en su sentido de aprendizaje y de observación de los procesos de duelo desde cierta distancia en el tiempo, de ofrecer una privilegiada mirada desde la que entender mejor y respetar). Es, además, honesta.
Parece que en España no se estrena, pero ya sabrán encontrarla.

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20 de mayo de 2011

Reflexión sobre el 15-M

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17 de abril de 2011

Perversión pericial

En ese extraño país llamado USA, donde pervive la pena de muerte, leí hace poco que ésta se transforma en pErpetua si eres capaz de mostrar un CI inferior a 70. Lo  cierto es que los psicólogos no sabemos qué es la inteligencia ("lo que miden los tests de inteligencia" decían en la facultad); ni siquiera nos ponemos de acuerdo en una definición para ir tirando, así que no digamos sobre cómo valorarla.
En The Element, Ken Robinson señala que el CI se incrementa de forma regular en el curso de una generación, de forma que los baremos se han de reactualizar cada 15-20 años; así, se crean situaciones perversas en que un interno de CI bajo en cadena perpetua que se esfuerce en su educación puede convertirse 10 años después en...¡apto para la pena de muerte! (hay casos reales).
En una vuelta de tuerca al despropósito de las valoraciones periciales, en el NYTimes (16-04-2011) acabo de leer que un colega, el psicólogo G Denkowski, usando pruebas psicológicas readaptadas de su invención, consiguió subirles el CI al menos a 16 internos y mandarlos así al corredor de la muerte; dos de ellos ya han sido ejecutados. "There's no scientific basis for his procedure" dijo un crítico, como si la hubiera para los procedimientos estándar.

G Denkowski evaluando a uno de los internos pendientes de ejecución. Profesional, muy profesional.
Este sr. (es un decir) ha sido multado con 5500$ e inhabilitado para más peritajes del estilo (al tiempo que pactadamente se retiraban los cargos contra él ¡y se prohibía usar este acuerdo como base para apelaciones!). Peor que las cloacas de Big Pharma: porque la motivación es ideológica, protofascista, sin siquiera delimitación a reglas de mercado que son modificables sino anidada en visiones fundamentalistas de limpieza social (o quizás el sr. Denkowski alegue que necesitaba pagar la hipoteca, quién sabe).
También desde la psicología damos miedo.


Una reflexión sobre el psicodiagnóstico - Banksy

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25 de marzo de 2011

Misturado 10

"Es la economía, estúpido"
Bill Clinton, 1992, carrera presidencial

La macroeconomía es una disciplina fascinante: creo que es la única que supera en esoterismo a la propia psicología, pero son más convincentes en hacer ver que saben de lo que hablan. Como nosotros, no saben predecir pero postdicen un montón. En fin, que en general escuchar una tesis de macroeconomía es como asistir a la revelación de los misterios de Eleusis. Entiendo poco, pero me parece entretenidísimo el dominó de las explicaciones: es una cadena lógica en la que todo está obligado a ser explicado, lo cual produce acabadísimos productos de la imaginación. Un blog que, aunque sigue siendo algo críptico, al menos parece honesto, es el de Antonio Iruzubieta: confieso que no entiendo ni la cuarta parte, pero hace un año estaba cerca del cero, así que progreso adecuadamente; la verdad es que lo sigo con la fascinación de quien escucha swahili por su musicalidad y con la (vana) esperanza de que se le pegue algo. No obstante, con la que cae está bien intentar entender qué ha pasado y qué podemos esperar; ahí van algunas recomendaciones estimulantes:

Inside Job: la verdadera historia de la crisis económica que padecemos. Todo ha cambiado para que todo siga igual. Los máximos responables de la debacle son los actuales asesores de la recuperación: igual estamos en la Edad Media y sin saberlo...En cualquier caso un documental fascinante y de una pedagogía muy lograda. Choriceo sin recato. Aviso al consumidor:  da un poco de miedo y potencia el resentimiento documentado.

El póquer del mentiroso: de Michael Lewis. Los 80. Memorias de un agente financiero en los comienzos del burbujón: es la inspiración natural hecha carne de Gordon Gekko. Divertido pero una confirmación algo pesimista de la inmensa capacidad de la estupidez (y la avaricia) humanas.


Un crack local de la crítica económica muy bien documentado y al que conocí personalmente (excelente tipo) y seguí en un ciclo de conferencias en BCN: Arcadi Oliveres, profesor de economía aplicada de la UAB. Aquí una conferencia del 2010 en castellano. Imperdible y un luchador honesto por la causa de la tasa Tobin.

En relación a las tesis de Arcadi, y a la prioridad absoluta de la (eficiente) lucha contra la pobreza, dos pendientes de publicación inmediata; parecen de los libros verdaderamente revolucionarios, al menos el primero (lean esta ardiente recomendación): Poor Economics, de Banerfit y Duflo; y More than Good Intentions, de Karlan y Appel. Para acabar con algo de esperanza...

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21 de marzo de 2011

La identidad de Mihaileanu

Un periodista le preguntó a Bergman, “¿Usted hace siempre la misma película?”. 
“Es que ésa es mi película, señor”.

Radu Mihaileanu nació en Bucarest en 1958 en una familia judía. Su padre, Mordechaï Buchman, comunista y periodista, al volver de los campos de trabajo nazis, cambió su nombre por él de Ion Mihaileanu para rumanizar su origen judío. En 1980, Radu huye de Ceaucescu en dirección a Francia, donde desarrolla su carrera en el mundo del cine.
Mihaileanu tiene un film primerizo, y otro que se acaba de estrenar en Francia, que aún no he conseguido ver, pero hay tres grandes obras de este tipo, absolutamente recomendables, que sostienen un hilo común:

- El tren de la vida: Durante la Segunda Guerra Mundial y con el objetivo de escapar de los nazis, un grupo de judíos de un pequeño pueblo de Europa del Este organiza un convoy simulando que se trata de un tren de prisioneros que se dirige a un campo nazi. Algunos de ellos, a pesar de las reticencias, tendrán que hacerse pasar por soldados nazis, todo ello para evitar que el pueblo sea exterminado.
La mejor de las tres para mi gusto, por divertida, y por transgresora (¡hacer comedia de la Shoah!). Es como el experimento de la prisión de Stanford en cachondo.

- Ve y vive: Gracias a la iniciativa del Estado de Israel y de Estados Unidos, en 1985 se llevó a cabo una amplia operación para trasladar a miles de judíos etíopes (Falashas) a Israel. Una madre etíope cristiana impulsa a su hijo a que declare ser judío, para que no muera de hambre. El niño llega a Tierra Santa, y como figura como huérfano le adopta una familla sefardita francesa que vive en Tel-Aviv. Pasa la infancia atemorizado de que se descubra su doble secreto, su doble mentira : no es ni judío ni huérfano, sólo sabe quién es su madre.
You told that joke twice - Banksy
Muy bella, íntima, previsible algunos ratos pero honesta igual.

- El concierto: En la era de Brézhnev, Andreï Filipov estaba encargado de dirigir la magnífica orquesta del Bolshoi. Sin embargo, caído en desgracia por negarse a discriminar a los músicos judíos, vive treinta años después como empleado de la limpieza de esa institución. Cuando descubre por casualidad un fax de un teatro de París en el que se encarga la celebración de un concierto en la capital francesa, a Andreï se le ocurre reunir a su antigua orquesta y suplantar al actual Bolshoi para darse una segunda oportunidad.
La más flojilla, pero aún así da caña por todos lados y te atrapa en su divagar, aunque en algunos momentos se le vaya la pinza...La música, extraordinaria.

Algunos críticos dicen que le falta realismo (supongo que son críticos que leen el Anuario de la Política 2003 en vez del Quijote o Cien Años de Soledad); otros, que su técnica no es excelente, tampoco la fotografía es soberbia y de vez en cuando falla el ritmo (y algún que otro agujero de guión). ¿Y qué? No necesita ser perfecto: porque ya es auténtico, honesto. La película de Mihaileanu, su película, es precisamente esa: la identidad, quién es uno a pesar de los envoltorios. La identidad no es un montón de cosas: ni la nación, ni la religión, ni la ideología. La identidad es posiblemente el poder no ser nada, o al menos nace de ahí. La identidad es elegir, o mejor es poder elegir (y eso es algo íntimo, un espacio inatacable): los judíos perseguidos por nazis se trasvisten en SS; el refugiado negro es enviado por su madre a convertirse en un judío huérfano; los rusos desclasados se fingen miembros del Bolshoi. Cada uno busca ser a partir del mismo sitio: se fingen otra cosa para precisamente disociarse de esa mentira con la que juegan, y convertirse íntimamente en lo que ya son: buscadores de libertad, de amor, o de armonía, sin definición ajena. Para Mihaileanu parece haber una idea esencial: la identidad es una libertad privada y responsable que sólo define uno mismo, y lo hace en sus elecciones (hasta el punto que la máxima libertad es la de contradecirse, fingirse, aparentar lo que no se es). Por otro lado, una de las claves de este transvestismo que trasciende es el humor sobre uno mismo, o al menos la convivencia serena con el absurdo (sobre todo el ovejil). 
Nada es sagrado, excepto lo que libremente uno elige para sí que lo sea, y que en cada caso para Mihaileanu acaba más allá de uno mismo:  la Corriente de la Vida, el Cierre en la Devolución del Amor Recibido, la Belleza de la Música. El Yo no es lo que parece ser: es siempre otra cosa, un pálpito profundo sin forma definitiva, un saber íntimo e inefable, una corriente subterránea que puede burlarse de su propio traje y jugar con él.


Anexo: tras  mi eslogan (ponga un Mihaileanu en su casa, su pueblo, su país), les presento otro extraído de cierto folklore local (hay versiones cerca de uno siempre, viva donde viva), que me asaltan en algunos muros de la ciudad. Definitivamente una obra maestra, pero ¿de qué exactamente? ¿Parodia humorística del borreguismo o seria estupidez autocomplaciente? Elijan ustedes mismos...

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18 de marzo de 2011

Tomasín y otros distintos

Pasaba hace unos días por la plaza de San Roque, en mi pueblo, cuando reparé en lo muy especial de la escultura a Tomasín: un señor algo distinto que la inauguró en vida y cuyo mérito fue el mejor posible para una escultura (logro que no igualan ni generales ni salvadores de la patria): el afecto atemporal y muy intenso que el pueblo le tuvo (le tiene). Yo lo recuerdo de mi niñez, pero más recuerdo otros distintos que formaron parte de mi preadolescencia (segunda fase: Yayo y las palomas, Tariro y sus sandalias con calcetines, Mari Paz). Lo de especial viene por el respeto cariñoso o al menos la tolerancia delicada que entonces se dispensaba (casi siempre) a aquellos que no estaban en la normalidad; viendo el busto de Tomasín se me ocurrió que quizás eso sólo puede suceder así de espontáneamente en una comunidad pequeña (por entonces en el casco éramos como 5000) que sea muy consciente de los individuos y del lugar (de la importancia) que cada uno tiene en ella. Ahora que en mi tercera fase en el pueblo éste creció y se expandió y se llenó de residenciales, me preguntaba si otro Tomasín tendría su busto, pero como foráneo desarraigado necesitaba la mirada de alguien de aquí. Así que propuse a Javi, escritor (entre otras cosas), que me escribiera algo para este blog. Javi entendió a su manera (faltaría más) lo que yo buscaba, y me envió un escrito con permiso a arrojarlo a la papelera de reciclaje si no encajaba. No lo hice por dos motivos: primero, porque me debo lealmente a mi ofrecimiento, y nada más feo que invitar a alguien a casa y hacerle pasar la fregona; segundo y más importante, porque como suele suceder, el resultado es mejor aún que mi intención. En efecto, mi curiosidad local por entender qué hace que Tomasín tenga un busto en una plaza se actualiza, se enaltece y se convierte en una estampa universalizable de comprensión, de aprecio y de valoración, y se demuestra en fin cómo, para cambiar el mundo, también (o quizás sobre todo) vale con cambiar una mirada.

Si hay algo que me fascina de él es ese silencio hondo y absoluto en el que se envuelve. Es como una isla dentro de la isla. No sé qué edad tiene aunque sospecho que rondará los veintitantos pero creo que el tiempo a él ni le inquieta ni le importa.  En ese sentido es todo un privilegiado.  A Javier lo descubrí verdaderamente hace tan solo unos años, cuando me mudé a una casa que está muy cerca de donde él vive con sus padres. Hasta ese momento éramos meros vecinos de pueblo y yo lo conocía someramente al coincidir en  varias acampadas organizadas por los scouts, a los que él pertenecía y con los que yo colaboraba siempre que podía en todo lo relacionado con el medio natural.
Entonces su existencia me resultaba estólida pero cuando pasamos a ser vecinos de calle y nuestros encuentros fueron más frecuentes me sorprendió gratamente su natural bonhomía y la amplia autonomía de la que disfruta a pesar de su notoria incapacidad psíquica, que según he sabido con posterioridad, deriva de una complicación fortuita en el momento justo de nacer. Los tramos sin asfaltar por los que transcurre a veces la vida, que diría el poeta.  
Basta con mirarlo a los ojos, siempre ausentes a pesar de su fijeza, para advertir su discapacidad. Es un niño perenne en un cuerpo que envejece. Ahora lo sé a ciencia cierta por su discurso, falto de madurez y de coherencia y por su voz aún aflautada que surge de un hombre ya en sazón, y que en ocasiones, mientras habla cosas triviales con algún vecino, entra en mi casa, delgada y sutil, por los intersticios de la puerta.
Hace unos meses coincidimos mientras estaba cada uno en su azotea. Él permanecía acodado en la cornisa de la fachada, mirando el paisaje que se abría hacia el poniente. Lo llamé, pero no respondió. Volví a llamarlo y continuó en su ausencia, absorto, indiferente a mi presencia. Sé que me oyó pues la distancia entre ambas cubiertas es de apenas unos metros. No sé porqué pero en ese momento, mientras él observaba quedamente el paisaje, pensé en las gárgolas de Notre Dame, que acodadas en la balaustrada de la catedral otean desde el medievo la extensión ya sin límites de París. He de reconocer que me embelesó su contemplación y aquel silencio de burbuja que decidió establecer entre él y el mundo exterior mientras sucedía un bellísimo atardecer. Ahora no hay semana que suba a la azotea y lo busque y lo descubra en esa posición, en su rincón orientado al atardecer, deleitándose siempre ante el mismo paisaje de tierra, luz, cielo y mar. Ahora cuando suceden estos encuentros, mientras desdoblo y expongo la ropa al soplo necesario del alisio, ralentizo la tarea y lo observo porque su silencio y su contemplación me fascinan y me sosiegan.
Ayer, entre una aglomeración confusa de sucesos y de gentes lo vi en el parque, empleado como jardinero, con el peto verde y unas botas enormes, mientras recogía con otros compañeros de igual condición las hojas secas que arrancaba el viento de un viejo flamboyán. Luego, de nuevo entre las gentes y los ruidos que convoca cada mañana la insistencia de la rutina, lo divisé ya apartado, solo, sentado entre las lavandas con un pequeño rastrillo que sostenía inconsciente entre sus pies. Estaba profundamente callado entre el fragor de un mundo que gira y gira sin parar y sin esperar, entregado a sus elucubraciones, como lo haría un monje cartujo en la celda solitaria de su monasterio. Lo llamé y, como esperaba, ni se inmutó ante su nombre y mi voz, pero he de reconocer que al verlo allí, tan callado, pensé en lo necesario que es el silencio hoy en día para sobrevivir.
Javier Estévez 


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